Lito Vitale: laberintos y libertades del hombre del piano.

Por Lean Bukka Whitelito

La Universidad Nacional de Tres de Febrero tuvo el agrado de disfrutar el último 1º de Agosto de Héctor Facundo “Lito” Vitale en la presentación del primer recital correspondiente al Ciclo de Conciertos para Piano organizado por la carrera de Licenciatura en Música. Su show tenía como única premisa ‘Improvisaciones’. Eso bastó para acercar al músico al auditorio de Caseros II. El ciclo se dividió principalmente en dos partes, si no contamos el bis, de hora y media total, la primera fue de 50 minutos en tanto que la segunda apenas pasó los 30. Sin embargo, fue notable el contraste entre ambas partes.

En el primer tramo vimos a un Vitale fino, finísimo, dispuesto a demostrar de qué madera está hecho y poniendo en tela de juicio años y años de sentarse frente a las teclas a ensayar, tocar y disfrutar. Toda una historia lo avala: desde las épocas de M.I.A. (Músicos Independientes Asociados) pasando por Spinetta hasta tocar con Baglietto. Arrancó mostrando paisajes sonoros más bien suaves y bellos, despertando agradables imágenes en los oídos oyentes; sin embargo, progresivamente iba pasando a paisajes más negruzcos, enmarañados, ennegrecidos, rápidos, con tintes de velocidad loca, como en la mente de un desquiciado. Lo que uno podía pasear en las primeras partes ahora lo navegaba a toda velocidad. Dicho juego ocurrió por lo menos 2 veces en ese primer tramo, el cual se coronó con interminables aplausos de los oyentes.

En el segundo tramo, la música se puso más interesante: Lito se animó a colocar las hojas de su propio contrato –el que firmó con la UNTREF para tocar – por encima de las cuerdas percutidas del piano y a partir de ahí generar otros sonidos. Esto nos habla de por lo menos 2 cosas: en principio, la libertad que se tomó (y toma) Vitale para tocar, eligiendo cómo hacerlo; y el respeto al público que lleva: el sacar sonidos “extraños” o inesperados no habla de una soberbia inútil frente a un auditorio tan pequeño, sino de unas ganas de mostrar y explayar otros tintes sonoros a un público casual. Esto es, animarse a dar algo nuevo, a riesgo de poder ser desaprobado. De más está decir que le salió estupendamente.

En definitiva, diversión pura. La última parte, en formato bis, era directamente con la gente participando y diciendo… ¡Con qué notas había que tocar! Un privilegio, realmente. Pero más provechoso aun fue ver cómo un grande de nuestra época demuestra que ser parte de la música consiste en seguir jugando con ella. Y que a jugar, se aprende jugando.

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